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Tres lecciones de sostenibilidad que nos enseñaron nuestras abuelas

Resulta muy curioso y a la vez, divertido, descubrir cómo nuestras madres y nuestras abuelas iban un paso por delante en este tema tan innovador como es la sostenibilidad.

Yo he tenido la suerte de nacer en una familia muy numerosa. Aunque jamás nos faltó nada, el sentido común se imponía tanto en la logística doméstica como en la compra de las cosas personales.

Comida de proximidad

Para empezar, optaban por la comida de proximidad al cien por cien. Compraban en el mercado, comíamos el mejor producto de temporada y si en junio había fresones, en diciembre había mandarinas. De esta forma y sin saberlo, nuestras mayores ya contribuían a frenar las emisiones que generan los transportes de comida.

Jamás se tiraba nada y, por tanto, se reducían los residuos orgánicos. Ya sabemos que los mejores platos de nuestra tradición nacieron como cocina de aprovechamiento (una buen cocido o “escudella”, unos canelones o un “suquet” de pescado).

Invertir en calidad, en lugar de cantidad

Nuestras abuelas tiraban menos cosas. La ropa solía pasar de un hermano a otro y cuando se rompía, se remendaba. Por esto era habitual ver los pantalones con rodilleras o las cintas de pasamanería para tapar el alargo de un pantalón.

Recuerdo perfectamente que estrenábamos en Navidad, el Domingo de Ramos… y durante la semana, íbamos de uniforme. La cuestión es que ahora abro mi armario, que está a rebosar y todavía hay días en que “no sé qué ponerme” y me doy cuenta de que es por exceso de ítems. 

Asimismo, por aquel entonces no existía la obsolescencia programada: una nevera o una lavadora, bien cuidadas podían durar años y años!

Reutilizar

En este aspecto también han sido las verdaderas estrellas. Seguro que todos hemos visto en sus casas la bolsa de tela para el pan o el capazo de mimbre para ir a por la compra.

Lo que hoy en día conocemos técnicamente como economía circular ya se implementaba antaño porque muchos consumibles se compraban a granel y  se vendían en recipientes reutilizables. Por ejemplo, hasta hace pocas décadas, la leche fresca se vendía en frascos de vidrio que, una vez vacíos, se devolvían a la lechera para rellenarlos. Y lo mismo ocurría con las botellas de refrescos en grandes cajas, que se podían retornar a los comercios del barrio y conseguir el equivalente a unos 20 céntimos. El agua se vendía en garrafas de cristal. Por supuesto, no se usaba el plástico para envasar, como hacemos ahora.

Podríamos seguir recordando muchos más ejemplos y si les preguntamos a ellas, nos arrancarán unas risas. En definitiva, esta reflexión me lleva a una conclusión: la tendencia actual de tomar conciencia de todas nuestras actuaciones y del efecto que producen en nuestro planeta, tiene mucho de sentido común.

 

Por este motivo, intentamos ir dando pasos en este sentido y la organización de los eventos no es una excepción. A raíz de la demanda de eventos que tengan en cuenta el factor sostenible, estamos retomando alguna de estas viejas tradiciones. ¿Quieres saber más sobre nuestras bodas sostenibles? Contáctanos sin compromiso.

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