Pinceladas de urbanidad

Antes de que nos demos cuenta, empezaremos con las celebraciones de Navidad. Por esto me gustaría empezar a comentar algunos detalles de urbanidad que siempre conviene recordar.

Lo que conocemos como buenos modales es fruto de lo que nos han enseñado desde pequeños. La observación y una buena intuición también nos ayudan a comportarnos correctamente en nuestra relación con los demás.

A los profesionales de protocolo nos preguntan muchas veces cuál sería la forma de comportarse, por ejemplo, en la mesa. Y siempre explicamos que no existe una norma escrita, sino que nuestra tradición ha ido estableciendo como válidas ciertas actitudes que hoy consideramos las adecuadas. Desde pequeños, nos han insistido en secarnos con la servilleta antes de beber de un vaso, por ejemplo. Y son pequeños actos los que vamos incorporando a nuestra rutina.

Lo cierto es que conocemos la forma correcta de poner la mesa o de servir los platos. Pero hay actitudes personales que no están escritas en ningún manual, y que siempre nos definirán como una persona educada, porque no olvidemos que es en la mesa donde mejor se aprecia.

Si cenamos en casa de unos amigos, por ejemplo, nos relajamos mucho más que si nos invita nuestro jefe. Pero no por estar relajados deberíamos olvidar nunca que el anfitrión, o la anfitriona, marca el inicio y el final de la comida.

Por tanto, cuando vayamos a sentarnos alrededor de la mesa, deberíamos esperar a que nos indiquen qué sitio hemos de ocupar. Una vez sentados, desplegar la servilleta en nuestro regazo y esperar a que todos estén servidos, pero también esperar a que el anfitrión empiece a comer. Es en ese momento cuando la cena tiene su inicio y entonces, podemos empezar a comer nosotros.

Por la misma regla de tres, no deberíamos levantarnos de la mesa (a no ser que nos ofrezcamos a recoger los platos) hasta que el anfitrión o la anfitriona lo hagan. En ese momento daremos la cena por finalizada.